11 de octubre de 2011

Día 12: Era en noviembre...

por: Anónimo



Las mañanas habían comenzado a calentar. Quizá noviembre era la mejor época del año. Noviembre y marzo. En esos meses el calor no agobiaba pero tampoco el frío helaba los huesos como en julio o agosto. Mientras caminaba por la ciudad trataba de aclarar qué hacer. Tenía apenas 17 años, un pasado que pretendía superar, un presente no del todo alentador pero no renunciaba a la esperanza de un futuro mejor.

De todo lo que estaba pasando, lo peor no era que ‘El Negro’ hubiese desaparecido sin dejar rastro. Quizá hubiese sido eso lo mejor. El meollo estaba en que aquel proyecto de energúmeno había dejado un rastro que ahora ella tendría que soportar. La cartera vacía hacía que las palabras de su madre retumbaran aún más sórdidas e inquisidoras “no sé que harás con ese niño” o “yo no te lo pienso cuidar” o “no tendrás ni para comprarle una leche”. Por un lado, se le exigía que actuara según la moral judeo-cristiana que desde pequeña le habían metido hasta por los huesos pero por otro las puertas se cerraban una detrás de la otra sin solución posible.

No podía negar que tenía miedo. Aunque no creía en Dios desligarse por completo de su educación católica le costaba trabajo. Tampoco sabía adónde acudir. Sus amigas le habían hablado que intentara poniéndose una rama de perejil en la vagina o que tomara un té de ruda bastante cargado, lo cierto es que nada de eso había resultado. También había oído comentar que se si no lograba perderlo naturalmente podía ser que el embrión se volviera más fuerte y entonces ahí estaría perdida. Estaba clara, no quería ni podía hacerse cargo de un niño en ese momento. No quería que se fortaleciera. No.

Estuvo desesperada y desesperanzada por varias semanas. La panza se le empezaba a hinchar y el malestar mañanero era insoportable. La tristeza se había apoderado de ella y el vacío era una sensación que invitaba a lanzarse de él de manera vertiginosa. Pensaba en sus amigas madres, en las que no podían estudiar, en las que estaban esclavizadas en sus casas criando niños y niñas porque no les quedaba más remedio. Ella sabía que mentían cuando decían que eran una bendición de Dios, se les notaba en la cara, sabían que esa bendición era una palabrería impuesta por otros y que ellas asumían suya para sentirse un poco mejor. ¿Quién en su sano juicio iba a querer estar cuidando mocosos a los 17 años? Ella no quería. Ella quería estudiar en la Universidad. Ella quería viajar. Ella quería ser ella sin ataduras ni obligaciones más que las que voluntariamente escogiera asumir.

Una tarde de esas –con el sol mucho más caliente- su padrino la sorprendió llorando en un escalón. Con la voz entrecortada y los cachetes colorados le dijo que estaba embarazada. Él no se sorprendió. Su primera reacción fue un firme ¡Te tienes que casar! Ante esa afirmación el llanto se volvió más duro y ensordecedor. Furiosa escupió ¡No me quiero casar! El silencio fue corto pero conmovedor. El padrino la abrazó y le dijo suavemente, pues entonces llamaré a Spandau para que te haga un aborto.

De eso han pasado varios años y muchas experiencias. El aborto en la mayoría de los países latinoamericanos es ilegal. Se practica en condiciones de riesgos y muchos de ellos terminan en complicaciones que requieren hospitalización cobrando, en ocasiones, la vida de la mujer. La penalización no incide en la cantidad de abortos que se practican aunque sí aumenta los riesgos para las vidas de las mujeres, siendo las de escasos recursos económicos las más perjudicadas. La desesperación por terminar con un embarazo no deseado provoca que se intenten métodos como agujas de tejer, tisanas, perejil, ganchos de ropa, golpes en el vientre, caídas autoprovocadas, ejercicios extremos, entre otras. La complicidad entre el Estado y las iglesias no han hecho más que en nombre de la vida provocar la muerte.

Hoy por hoy, a pesar de su juicio y dureza, agradezco a mi padrino haber puesto a mi disposición un profesional de salud para interrumpir un embarazo no deseado. Si no hubiese contado con su apoyo quizá no podría estar contando esta historia. Seguramente hubiese tenido un aborto inseguro y en condiciones insalubres como la mayoría de las mujeres latinoamericanas. Quizá hubiese muerto a los 17 años.

Por eso, por mí, por ti y por todas las mujeres del mundo haz campaña por la vida, haz campaña por el derecho a decidir. Haz campaña por tu derecho a acudir a una clínica a interrumpir un embarazo no deseado.

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